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EGIPTO II: DE LUXOR A ASUÁN, UN VIAJE POR EL CORAZÓN DEL ALTO EGIPTO

Tras despedirnos de Luxor, llegó el momento de embarcar para continuar nuestra aventura por el Nilo. Con la cubierta del barco como mirador privilegiado, iniciamos la navegación hacia Asuán, dejando atrás el bullicio de la antigua Tebas para adentrarnos en un paisaje mucho más sereno. A medida que el río avanzaba entre palmerales, pequeñas aldeas y fértiles campos de cultivo, el ritmo del viaje cambiaba por completo: el tiempo parecía detenerse y el Nilo volvía a convertirse en la gran arteria que, desde hace miles de años, da vida a Egipto. Comenzaba así una de las etapas más relajantes y fascinantes del crucero, con nuevas escalas, templos y paisajes que esperaban en cada recodo.

Por Nuria Araguás y A.B.S
Fotos cedidas por Excel Travel y Latus Travel

En esta segunda parte del reportaje que iniciamos en el número anterior, retomamos nuestro viaje a bordo del Mayflower para navegar rumbo a Asuán y descubrir, a lo largo del Nilo, algunos de los lugares más emblemáticos y fascinantes del Alto Egipto.

Atravesaremos la esclusa de Esna, visitaremos los templos de Edfu y Kom Ombo y, ya en Asuán, conoceremos la Alta Presa y el templo de Philae. También disfrutaremos de un paseo en faluca al atardecer y tendremos la posibilidad de realizar una excursión opcional en avión a Abu Simbel. La ruta concluirá con el traslado al aeropuerto de Asuán y el vuelo de regreso a El Cairo. La visita a la capital egipcia y todo lo que ofrece será el contenido del próximo número, en el que pondremos el broche final a este inolvidable viaje.

La navegación entre Luxor y la esclusa de Esna es una de las experiencias más relajantes y auténticas de un crucero por el Nilo. Desde la cubierta se suceden franjas de palmerales, cultivos y pequeñas aldeas de casas de adobe. Es habitual ver a los agricultores trabajando la tierra con métodos tradicionales, pescadores lanzando sus redes desde pequeñas embarcaciones, niños saludando al paso del barco y rebaños refrescándose en la orilla. Al fondo, el intenso verde de la ribera contrasta con el dorado del desierto, que aparece como un inmenso telón de fondo recordando la estrecha franja de vida que el río ha hecho posible desde la Antigüedad.

La travesía invita a disfrutar sin prisas. Aprovechamos para relajarnos en la cubierta, contemplar el paisaje con un té o un café en la mano o simplemente dejarnos llevar por el silencio, roto únicamente por el rumor del agua y el paso de alguna faluca con sus características velas blancas. Es un tramo en el que se comprende por qué el Nilo ha sido, durante más de cinco mil años, la auténtica columna vertebral de Egipto.

La esclusa de Esna, una parada diferente

Uno de los momentos que nos pareció más curiosos y llamativos llegó al alcanzar la esclusa de Esna, una infraestructura imprescindible para que las embarcaciones puedan continuar su navegación.

La maniobra comienza cuando el barco entra lentamente en un estrecho recinto donde grandes compuertas se cierran a su espalda. Durante unos minutos, el nivel del agua se eleva o desciende, según el sentido de la navegación, hasta igualarse con el siguiente tramo del río. Desde la cubierta es fácil seguir todo el proceso y comprender el funcionamiento de esta obra de ingeniería, que permite salvar el desnivel de agua existente en el Nilo.

Pero si hay algo que convierte este momento en un auténtico espectáculo es la actividad que se genera alrededor del barco. Mientras la esclusa realiza su trabajo, numerosas y pequeñas embarcaciones se acercan al crucero cargadas de pañuelos, chilabas, manteles, galabiyas y todo tipo de recuerdos. Los comerciantes, con una sorprendente habilidad, lanzan los productos hasta las cubiertas y negocian los precios a gritos con los viajeros, creando una escena tan caótica como divertida y que nos parece que forma parte de la esencia de este viaje.

La combinación de la navegación pausada, el ingenio de los vendedores y la singularidad de atravesar una esclusa, convierte esta parada en uno de esos recuerdos que no te esperas.

Edfu: un viaje al esplendor del dios Horus

Otro de los lugares más deseados de nuestro crucero fue la ciudad de Edfu, donde visitaríamos uno de los templos mejor conservados. Nada más desembarcar nos esperaba una de las estampas más tradicionales de la zona: las calesas tiradas por caballos que suelen trasladar a los visitantes desde el puerto fluvial hasta el recinto arqueológico. Sin embargo, al disponer de tuk-tuk somos más partidarios del traslado en este medio. Atravesamos las animadas calles de la ciudad y su bullicioso mercado, entre puestos, comercios y escenas de la vida cotidiana tan diferentes a las que estamos acostumbrados, hasta llegar a la entrada del impresionante templo.

El Templo de Edfu, dedicado al dios halcón Horus, es considerado una de las joyas arqueológicas del país. Construido entre los años 237 y 57 a.C., durante la época ptolemaica, ha llegado hasta nuestros días en un estado de conservación extraordinario, permitiendo imaginar con bastante fidelidad cómo eran los grandes templos del antiguo Egipto.

Lo primero que impresiona es su enorme fachada, formada por dos gigantescos pilonos decorados con relieves que representan a los faraones realizando ofrendas a los dioses. A la entrada nos recibe la imponente figura de Horus, dios egipcio del cielo, la realeza y la protección, representado como un halcón o como un hombre con cabeza de halcón. En granito negro, se halla vigilando el acceso a un recinto que conserva patios, salas ceremoniales, columnas y santuarios prácticamente intactos.

A medida que avanzamos por el templo descubrimos una auténtica enciclopedia de la religión egipcia. Sus paredes están cubiertas por jeroglíficos y escenas que narran ceremonias, festividades religiosas y la legendaria batalla entre Horus y Seth, símbolo de la lucha entre el orden y el caos. Gracias a estas inscripciones, los arqueólogos han podido conocer numerosos detalles sobre las creencias y rituales de la época.

Otro aspecto fascinante es que el templo permaneció enterrado durante siglos bajo arena, lo que contribuyó decisivamente a su magnífica conservación. Hoy, recorrer sus estancias permite realizar uno de los viajes más auténticos al pasado faraónico.

Tras la visita, regresamos con la sensación de haber conocido un templo capaz de mostrar cómo era realmente un gran santuario de la antigüedad.

Continuamos la navegación hasta Kom Ombo. El trayecto nos permitió de nuevo disfrutar de los paisajes ribereños y de la vida cotidiana a orillas del río.

La llegada a Kom Ombo al anochecer fue especialmente memorable. Desde la cubierta del barco contemplamos cómo el templo iluminado iba apareciendo junto a la orilla del Nilo. Las luces resaltaban sus columnas y relieves, que se reflejaban en las aguas, ofreciendo una de las estampas más bonitas del crucero.

Kom Ombo, el templo doble que cobra vida al anochecer

Kom Ombo es uno de los templos más singulares de Egipto por su peculiar diseño. Construido sobre un promontorio con vistas al Nilo, fue concebido para rendir culto a dos divinidades: Horus el Viejo, representado con cabeza de halcón, y Sobek, el dios cocodrilo, protector de las aguas y símbolo de fertilidad. Esta doble dedicación hace que el templo presente una disposición prácticamente simétrica, con dos entradas, dos salas hipóstilas y dos santuarios, una característica única entre los grandes templos egipcios.

Merece la pena detenerse en algunos de sus relieves más famosos. Entre ellos destaca la representación de instrumentos quirúrgicos utilizados por los médicos del Antiguo Egipto, donde pueden identificarse bisturíes, pinzas, fórceps, escalpelos y otros utensilios que demuestran el sorprendente nivel de conocimientos médicos alcanzado por esta civilización.

Nuestra visita tuvo un encanto especial al realizarse al caer la noche. El contraste entre la piedra dorada, las sombras y el silencio del entorno convierte el paseo por el recinto en una experiencia muy diferente a la de otros templos visitados durante el día.

La visita se completa con el Museo del Cocodrilo, situado a pocos metros del templo y considerado uno de los espacios museísticos más curiosos. Su existencia está estrechamente ligada al culto que los antiguos egipcios profesaban a Sobek, el dios con cabeza de cocodrilo, al que atribuían el control de las aguas del Nilo, la fertilidad de las tierras y la protección frente a los peligros del río. Durante siglos, los cocodrilos fueron animales sagrados en esta zona y, tras su muerte, eran momificados con el mismo cuidado que muchas personas de alto rango.

El museo alberga una extraordinaria colección de cocodrilos momificados descubiertos en las necrópolis cercanas. Algunos se conservan prácticamente intactos, mientras que otros aparecen envueltos en vendas de lino o acompañados por huevos y crías momificadas, una muestra de la importancia simbólica que estos animales tuvieron en la religión egipcia. La colección incluye ejemplares de distintos tamaños, desde pequeñas crías hasta grandes cocodrilos adultos de varios metros de longitud, todos ellos conservados en vitrinas climatizadas que permiten apreciar con detalle su excelente estado.

Además de las momias, el recorrido reúne sarcófagos de piedra y madera, estelas, esculturas, relieves, amuletos y objetos utilizados en los rituales dedicados a Sobek.

La combinación de la visita nocturna al templo, la atmósfera creada por su iluminación y el interesante recorrido por el Museo del Cocodrilo convierten Kom Ombo en una escala original y sorprendente.

La Presa de Asuán: la obra que cambió para siempre el Nilo

Llegar a la presa de Asuán tras navegar por el Nilo desde Kom Ombo produce una sensación extraña. Durante varios días el río ha serpenteado entre templos milenarios, palmerales y pequeños pueblos. De repente, el paisaje cambia y el visitante se encuentra frente a una de las mayores obras de ingeniería hidráulica del siglo XX.

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Construida entre 1960 y 1970 con ayuda de la antigua Unión Soviética, la Gran Presa de Asuán puso fin a las devastadoras inundaciones que cada año marcaban el calendario agrícola de Egipto. Al mismo tiempo permitió almacenar agua suficiente para garantizar el riego durante las épocas de sequía y generar una importante cantidad de electricidad para impulsar la modernización del país. Para los egipcios supuso un símbolo de independencia y progreso.

Lo primero que sorprende es su tamaño. La presa tiene casi cuatro kilómetros de longitud, más de cien metros de altura y una base de casi un kilómetro de ancho. Desde el mirador se aprecia perfectamente el contraste entre las dos caras de la construcción: a un lado, el inmenso lago Nasser, un auténtico mar interior de unos 500 kilómetros de longitud que se adentra incluso en Sudán; al otro, el cauce controlado del Nilo, que continúa su viaje hacia Luxor, El Cairo y el Mediterráneo.

La vista sobre el lago Nasser es uno de los grandes atractivos de la visita. Cuesta imaginar que bajo sus aguas quedaron sumergidos numerosos poblados y yacimientos arqueológicos. El llenado del embalse obligó a trasladar a decenas de miles de personas nubias y puso en marcha una de las mayores campañas internacionales de rescate del patrimonio jamás realizadas.

Gracias a esa operación, coordinada por la UNESCO, templos como Abu Simbel o Philae fueron desmontados piedra a piedra y reconstruidos en lugares más elevados para evitar que desaparecieran bajo el agua. Sin la construcción de la presa, probablemente nunca se habría llevado a cabo una movilización arqueológica de semejante magnitud.

Durante la parada también merece la pena fijarse en el monumento dedicado a la amistad entre Egipto y la Unión Soviética, levantado para conmemorar la colaboración entre ambos países durante la construcción de la infraestructura. Su enorme estructura de hormigón destaca sobre el paisaje desértico que rodea la presa.

Más allá de su importancia técnica, la Gran Presa de Asuán representa el eterno equilibrio entre desarrollo y conservación. Sus beneficios económicos son incuestionables, pero también alteró profundamente el comportamiento natural del Nilo. Los sedimentos fértiles que durante milenios enriquecían las tierras agrícolas quedaron retenidos en el embalse, obligando al uso de fertilizantes artificiales, mientras que el ecosistema del río también experimentó importantes cambios.

Visitar la presa después de recorrer el Nilo en crucero ayuda a comprender mejor la historia contemporánea de Egipto. Si los templos de Kom Ombo, Edfú o Luxor narran la grandeza del antiguo Egipto, la Gran Presa de Asuán cuenta la historia de un país que, en pleno siglo XX, decidió domar el río que había dado origen a una de las civilizaciones más fascinantes de la humanidad. Es el último gran capítulo de una relación entre Egipto y el Nilo que continúa escribiéndose cada día.

Templo de Philae: la magia de llegar navegando hasta el santuario de Isis

Hay pocos lugares en Egipto donde la llegada forme parte de la propia visita. El templo de Philae es uno de ellos. Las embarcaciones parten del embarcadero situado junto a la presa de Asuán y avanzan entre pequeñas islas de granito y afloramientos rocosos. Poco a poco, entre las curvas del río, comienzan a aparecer las primeras siluetas del templo. Primero se distinguen algunas columnas, después las imponentes torres del pilono de entrada, hasta que el conjunto emerge por completo sobre la isla de Agilkia.

Es una llegada pausada que permite contemplar el monumento desde el mismo punto de vista que tenían los antiguos peregrinos que acudían a rendir culto a la diosa Isis. Es un trayecto corto, pero suficiente para crear la sensación de estar viajando hacia un lugar casi secreto.

Nada más desembarcar sorprende la armonía entre la arquitectura y el paisaje. El templo parece surgir directamente del agua, rodeado por el azul del Nilo y las suaves colinas de granito que caracterizan Asuán. La combinación de piedra dorada, cielo despejado y vegetación convierte este rincón en uno de los más fotogénicos.

El complejo está dedicado principalmente a Isis, diosa del amor, la maternidad y la magia, una de las divinidades más veneradas del antiguo Egipto. Fue levantado durante la época ptolemaica y ampliado posteriormente por los emperadores romanos, que dejaron también su huella en algunos de los edificios más emblemáticos del recinto.

El recorrido comienza atravesando el gran pilono monumental, cuyas enormes paredes muestran escenas del faraón ofreciendo sacrificios a los dioses. A partir de ahí se suceden patios abiertos, elegantes salas hipóstilas y pequeñas capillas decoradas con relieves que han sobrevivido más de dos mil años. Entre todos los edificios destaca el famoso Quiosco de Trajano, una estructura abierta rodeada de columnas que se ha convertido en uno de los símbolos de Asuán.

Pero Philae no solo impresiona por su belleza, sino también por la historia de su supervivencia. El templo se encontraba originalmente en otra isla cercana y estuvo durante décadas parcialmente sumergido por las aguas tras la construcción de la antigua presa de Asuán. Cuando la Gran Presa amenazó con hacerlo desaparecer definitivamente, la UNESCO impulsó una de las mayores operaciones arqueológicas del siglo XX. El complejo fue desmontado piedra a piedra y reconstruido en la isla de Agilkia, respetando cuidadosamente su aspecto original.

Las vistas desde el interior del templo son otro de sus grandes atractivos. Desde los patios porticados y las terrazas se contempla el Nilo rodeando la isla, con las pequeñas embarcaciones navegando lentamente entre las rocas. En muchos rincones basta levantar la vista para descubrir un paisaje que combina historia y naturaleza de una forma difícil de igualar.

La visita termina del mismo modo que comenzó: regresando en barca mientras el templo se aleja poco a poco hasta confundirse con el paisaje. Esa despedida, con las columnas reflejándose sobre el agua y el sol iluminando la piedra color miel, convierte a Philae en mucho más que un monumento. Es una experiencia que demuestra que, en Egipto, el viaje empieza mucho antes de cruzar la puerta de un templo.

Un paseo en faluca para despedir el día

Como parte del itinerario del viaje por Egipto, navegar en una faluca por el Nilo al atardecer fue una de las experiencias más especiales. Estas embarcaciones tradicionales de vela, utilizadas desde hace siglos, se deslizan en silencio impulsadas únicamente por el viento, mientras el sol se pone sobre Asuán.

El cielo se tiñe de tonos dorados y anaranjados que se reflejan en las aguas del río, ofreciendo unas vistas inolvidables de las islas, los palmerales y las colinas de granito.

Abu Simbel, la gran excursión pendiente

Antes de regresar a El Cairo existe la posibilidad de realizar una excursión opcional en avión a Abu Simbel, uno de los monumentos más impresionantes de Egipto. Aunque en nuestro itinerario no realizamos esta visita, es una alternativa muy recomendable para quienes dispongan de más tiempo.

Situados a unos 280 kilómetros al sur de Asuán, muy cerca de la frontera con Sudán, los templos de Abu Simbel fueron mandados construir por Ramsés II hace más de 3.200 años para conmemorar su poder y dejar constancia de la grandeza del Imperio egipcio. La imagen de las cuatro colosales estatuas de más de 20 metros de altura que presiden la fachada del templo principal es una de las más icónicas del país.

Al igual que ocurrió con el templo de Philae, Abu Simbel estuvo a punto de desaparecer bajo las aguas tras la construcción de la Gran Presa de Asuán. Entre 1964 y 1968 fue desmontado en miles de bloques y reconstruido unos 65 metros más arriba y 200 metros tierra adentro, en una de las mayores operaciones de rescate arqueológico impulsadas por la UNESCO.

Además de su espectacular arquitectura, el templo es famoso por un extraordinario fenómeno solar: dos veces al año, los rayos del sol penetran hasta el santuario e iluminan las estatuas de Ramsés II y de las principales divinidades, un acontecimiento que atrae a miles de viajeros de todo el mundo.

Para muchos viajeros, Abu Simbel supone el broche perfecto a un recorrido por el Alto Egipto. En nuestro caso, la falta de tiempo nos impidió conocer este impresionante conjunto de templos. Una visita que queda pendiente y que nos deja la mejor de las excusas: volver a Egipto.

Continuaremos…. Rumbo a El Cairo

Nuestro viaje por el Alto Egipto termina aquí, pero la aventura continúa. En el próximo número viajaremos hasta El Cairo, una ciudad vibrante donde conviven más de mil años de historia con el bullicio de una gran metrópoli.

Recorreremos las legendarias pirámides de Guiza y la Gran Esfinge, descubriremos los tesoros del Gran Museo Egipcio, pasearemos por el histórico barrio islámico y el bazar de Jan el-Jalili, navegaremos por las animadas calles de la capital y conoceremos una ciudad que sorprende por la intensidad de su vida cotidiana, su patrimonio monumental y su inagotable oferta cultural. Un destino imprescindible para completar cualquier viaje a Egipto.