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MADEIRA,  LAVA, OCÉANO Y LUZ

Madeira enamora desde el primer instante. En medio del Atlántico, las montañas emergen directamente del mar, la vegetación cubre el paisaje con un verde intenso y el clima primaveral se mantiene durante todo el año. Entre pueblos encaramados a las laderas, acantilados espectaculares y senderos que acompañan el curso del agua, la isla invita a descubrirla sin prisas y a disfrutar de su naturaleza en estado puro.

Por Nuria Araguás y A.B.S – Fotos Evasión

El archipiélago de Madeira, perteneciente a Portugal, está formado por cuatro grupos de islas: Madeira, Porto Santo, Desertas y Salvajes. De todas ellas, solo las dos mayores, Madeira y Porto Santo, se hallan habitadas. La isla de Madeira tiene aproximadamente 57 kilómetros de largo y 22 de ancho, mientras que Porto Santo, situada a unos 50 kilómetros de esta, mide 12 kilómetros de largo y 6 de ancho. Ambas islas están conectadas por un vuelo de apenas 15 minutos o por un ferry que tarda unas 2 horas y 15 minutos desde el puerto de Funchal.

Aunque las islas ya eran conocidas con anterioridad, su descubrimiento oficial se produjo a partir de 1420, cuando marineros portugueses al servicio de Enrique el Navegante llegaron hasta aquí desviados por una fuerte tempestad. Agradecidos por haberse salvado de un destino trágico, bautizaron el lugar como Porto Seguro o Porto Santo. Posteriormente, la isla principal recibió el nombre de Madeira, debido a la abundancia de bosques y madera —madeira en portugués— que cubrían el territorio. Del mismo modo, el nombre de Funchal, su capital, procede de la planta del hinojo (funcho), que crecía en gran cantidad en la zona.

Madeira mantiene una profunda conexión con la historia de los descubrimientos portugueses, simbolizada por la esfera astronómica, emblema del conocimiento náutico y la exploración oceánica. Este símbolo, presente también en la bandera de Portugal, representa la navegación y la época en la que el país se lanzó al mar para descubrir nuevos mundos. Hoy, este legado histórico convive con la vida cotidiana y se percibe en cada rincón de la isla.

A todo ello se suma el carácter de sus habitantes. Los madeirenses destacan por ser gente alegre y hospitalaria, siempre dispuesta a compartir una sonrisa, una conversación y su amor por la isla. Esta calidez humana se refleja en la vida diaria, en la gastronomía y en la forma sincera de acoger al viajero.

Levadas y Veredas

Las levadas y veredas de Madeira son, para muchos viajeros, la verdadera esencia de la isla. Más que simples rutas de senderismo, forman una red de caminos que atraviesa bosques de laurisilva, acantilados vertiginosos, túneles y paisajes que cambian con cada curva.

Las levadas, estrechos canales de riego creados hace siglos para llevar agua desde las montañas hasta las zonas de cultivo, se han convertido en senderos mágicos que discurren junto al agua. Caminar por ellas es hacerlo al ritmo del murmullo constante, rodeado de helechos gigantes, cascadas y sombra fresca. Entre las más populares destacan la Levada das 25 Fontes —famosa por sus saltos de agua— y la Levada do Caldeirão Verde, que conduce a un anfiteatro natural cubierto de verde intenso.

Por otro lado, las veredas ascienden por las crestas y cumbres más espectaculares de Madeira. Son rutas más expuestas y panorámicas, ideales para quienes buscan vistas que cortan la respiración. La más emblemática es la caminata entre el Pico do Arieiro y el Pico Ruivo, un sendero épico entre nubes, túneles de roca y miradores que parecen colgados del cielo.

Las Rutas de senderismo recomendadas están clasificadas como Pequeñas Rutas (PR) son 30 en total en las dos islas, 28 en Madeira y 2 en Porto Santo. Se hallan identificadas para que los usuarios sepan con lo que se van a encontrar.

Puedes obtener toda la información en www.visitmadeira.com con todos los detalles con el fin de planificar la que mas te interese, siempre con un buen equipamiento y acorde a las condiciones físicas y meteorológicas.

LAS PLAYAS Y PISCINAS, ENTRE ACANTILADOS Y LAVA

Las playas y piscinas naturales reflejan el marcado carácter volcánico de la isla y ofrecen una experiencia muy distinta a la de otros destinos atlánticos. Aunque las playas de arena dorada son escasas, el litoral compensa con paisajes espectaculares, calas escondidas y zonas de baño que parecen esculpidas por la naturaleza.

Las piscinas naturales son uno de los grandes símbolos de la isla y representan un encuentro directo con el océano sin renunciar a la seguridad.

Las de Porto Moniz, en el noroeste, están formadas por lava solidificada.

Las piscinas de pago forman un complejo bien cuidado, con socorristas, vestuarios, duchas y zonas amplias para nadar y descansar. Son ideales para quienes buscan comodidad y tranquilidad, especialmente para familias.

El baño en estas piscinas que parecen esculpidas a propósito para el descanso, transmite una mezcla de sensaciones. Una vez en el agua y a pocos metros, el mar entra de forma natural, se renueva constantemente, las olas rompen con fuerza contra las rocas, recordando que el océano sigue siendo el verdadero protagonista.

Las barreras naturales nos protegen del oleaje directo, pero el sonido del mar y las salpicaduras ocasionales añaden un punto de aventura. Es fácil quedarse quieto, observando el horizonte, respirando el aire limpio y dejando que el tiempo se diluya entre chapuzón y chapuzón.

Muy cercanas se hallan las piscinas gratuitas de Porto Moniz, más naturales y menos visitadas. No tienen servicios y el acceso es más irregular, pero ofrecen una experiencia más salvaje y auténtica, son recomendables cuando el mar está tranquilo.

Nuestro consejo es disfrutar de ambas opciones, dando un paseo para disfrutar del paisaje por las que no disponen de servicios, ya que nos encontramos en un entorno único que parece realmente sacado de otro planeta.

También en la costa norte, se encuentran las piscinas naturales de Seixal, rodeadas de acantilados verdes y vegetación exuberante, ideales para quienes buscan escenarios menos concurridos y conmovedores.

En la costa sur, las piscinas de Doca do Cavacas, junto a Cabo Girão, permiten bañarse con vistas directas al acantilado más alto de Europa.

En Funchal, el complejo del Lido combina piscinas de agua salada con acceso directo al mar, siendo uno de los lugares de baño más frecuentados por locales y turistas.

En cuanto a playas, Madeira sorprende por su diversidad. La playa de Seixal, de arena volcánica negra, es una de las más fotogénicas de la isla, encajada entre acantilados cubiertos de vegetación.

La playa de Machico, antigua capital del archipiélago, es amplia y de arena dorada artificial, en un entorno histórico habitado desde el siglo XV. Si la visitas, merece la pena ascender hasta el mirador de Cabo do Facho, donde se disfruta de un espectáculo poco común: aviones despegando casi sobre el océano, a pocos metros del agua, en una pista tan corta como impresionante.

La playa de Calheta, también con arena importada, destaca por sus aguas tranquilas y protegidas, lo que la convierte en una opción ideal para familias.

Más allá de los lugares más conocidos, la isla invita a descubrir charcos naturales escondidos entre rocas, plataformas de baño en zonas como Funchal o Garajau y miradores donde el océano se desploma cientos de metros abajo.

Y en la isla vecina, en Porto Santo, la playa es famosa por sus nueve kilómetros de arena dorada y aguas transparentes. Es también célebre por sus propiedades terapéuticas para la piel y las articulaciones, y su mar generalmente tranquilo, convierten este litoral en un auténtico refugio de descanso, con zonas solitarias y otras bien equipadas para familias.

En Madeira, las playas y piscinas naturales no son solo lugares para refrescarse, sino escenarios que conectan al viajero con la fuerza y la belleza de la naturaleza.

Miradores

Madeira cuenta con numerosos miradores desde los que percibir la espectacular geografía de la isla. Cabo Girão, Pico dos Barcelos, Eira do Serrado, Portela, Ponta do Rosto o Véu da Noiva ofrecen vistas impresionantes de acantilados, valles y océano. No obstante, el clima puede cambiar rápidamente y las nubes reducir la visibilidad. Por ello, muchos de estos miradores disponen de cámaras web en tiempo real, muy útiles para comprobar si el cielo está despejado antes de desplazarse y así planificar mejor la visita.

Vivimos la experiencia en dos de los miradores más emblemáticos de Madeira.

En el mirador de Cabo Girão, uno de los balcones naturales más impresionantes de Europa, en el que nos asomamos a un abismo de casi 580 metros sobre el Atlántico. Sobre la sobrecogedora plataforma de cristal, contemplamos el océano, las terrazas de cultivo que se extienden al pie del acantilado y, en los días despejados, la costa sur de la isla, con una sensación tan vertiginosa como inolvidable. Sin embargo, también comprobamos que no es raro encontrarlo cubierto de nubes o niebla, cuando el paisaje desaparece bajo un manto blanco.

El Mirador de Pico Ruivo, situado en el punto más alto de la isla a 1.862 metros de altitud, nos regaló algunas de las vistas más espectaculares del viaje. Desde allí observamos el macizo central, sus crestas afiladas y profundos valles que revelan el carácter volcánico del territorio. A esa altura, el clima cambia con rapidez y la visibilidad no siempre está garantizada. Aunque la ruta es corta debemos ser precavidos y asegurarnos de lo que nos podemos encontrar y planificar con detalle. www.visitmadeira.com

FUNCHAL

La capital de Madeira aparece como una ciudad escalonada entre montañas verdes y el Atlántico, donde las casas descienden en cascada hasta el mar. Los contrastes de color —el azul del océano, el verde de los jardines y los tejados rojizos— construyen una imagen pintoresca.

Funchal es bastante fácil de recorrer gracias a sus calles peatonales, que permiten pasear por el centro sin prisas. La elegante Avenida Arriaga, con el adoquinado mosaico típico portugués se encuentra flanqueada por plataneros y edificios históricos. Una calle cautivadora entre mercadillos, músicos y cafés donde se siente el día a día de los madeirenses.

El corazón de la ciudad late en su casco antiguo, un laberinto de callejuelas donde siempre hay algo que sorprende. La Rua de Santa Maria, con sus puertas pintadas y terrazas animadas, es uno de los paseos más característicos; aquí el arte urbano se mezcla con restaurantes tradicionales y pequeños talleres. A gran altura, entre los callejones estrechos, se deslizan sobre la ciudad las cabinas del teleférico que asciende hacia el barrio de Monte.

La imponente Sé Catedral, del siglo XV, recuerda el pasado colonial de la isla, mientras que la Fortaleza de São Tiago ofrece un balcón perfecto hacia el mar.

La ciudad también invita a conocer su faceta cultural a través de museos. Desde el popular Museo CR7, dedicado a Cristiano Ronaldo, hasta espacios más tradicionales como el Museu de Arte Sacra o la refinada Casa-Museu Frederico de Freitas. Para comprender a fondo la historia de la isla, el Madeira Story Centre ofrece una visita amena y muy completa.

El Jardín Tropical de Madeira, situado en Barrio Monte, es uno de los espacios fascinantes de la isla y combina especies exóticas, lagos, esculturas y miradores que ofrecen vistas privilegiadas sobre la ciudad.

La forma más memorable de llegar es subir en el teleférico de Funchal, que parte cerca del casco antiguo y asciende lentamente por encima de los tejados y las laderas. También se puede acceder en autobús o coche hasta Monte, pero el teleférico convierte el trayecto en una parte esencial de la experiencia.

Subir al barrio de Monte es casi obligatorio. Desde aquí parten rutas cortas que conectan con algunas de las famosas levadas de Madeira.

También el lugar donde se ubican los célebres “Carros de Cesto”, unos tradicionales vehículos de mimbre que eran usados por la aristocracia para bajar empinadas calles de Barrio Monte.

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Actualmente, uno puede disfrutar de esta actividad. Los carros deslizan por el asfalto gracias a sus patines de madera y son guiados por dos “carreiros” vestidos de blanco y con sombreros de paja. Hay una zona de salida preparada para recibir a los visitantes y permitir un inicio seguro del recorrido. Este transporte singular combina historia, destreza y diversión, descendiendo entre casas, jardines y el característico paisaje montañoso de la isla en pleno Atlántico.

Observar los carros de cesto es casi tan fascinante como subir en ellos. Verlos deslizarse es presenciar una tradición viva que transforma una simple calle en un espectáculo.

Otro lugar imprescindible es el Mercado dos Lavradores, un estallido de colores y aromas. Sus puestos de frutas tropicales, flores y especias conviven con la zona de pescadería, donde destaca el singular pez espada negro, uno de los sabores más característicos de la gastronomía local.

Por otro lado, el paseo marítimo es el mejor escenario para disfrutar del clima suave de la isla. Desde la marina —siempre animada— hasta la zona del Lido, el camino se abre paso junto al océano entre piscinas naturales, terrazas y enclaves perfectos para el baño.

Siguiendo el paseo marítimo un poco mas lejos se llega a Playa Formosa que invita a caminar por su arena oscura mientras cae la tarde. El recorrido puede empezar en São Martinho Sunset Viewpoint, un mirador perfecto para admirar el mar antes de descender hacia la costa. Desde allí, se toma el camino que conduce al sorprendente Túnel das Poças do Gomes, un asombroso pasadizo peatonal excavado en la roca con ventanas al mar donde se escuchan las olas rompiendo a pocos metros.

Al salir del túnel aparece la extensa Playa Formosa. Es un trayecto corto, accesible y lleno de contraste natural. Vimos el atardecer en la terraza del Barra Azul, junto al mar, donde probamos unas limpets a la plancha.

UNA RUTA EN COCHE POR PAISAJES DE ALTA MONTAÑA, TRADICIÓN Y BUENA MESA

Os proponemos un recorrido en coche desde Funchal que nos llevó a Pico do Arieiro y al pueblo de Santana, un pueblo famoso por sus casas triangulares de techo de paja, junto a su parque temático.

Salimos temprano con el convencimiento de que es la mejor manera de aprovechar el día. La carretera asciende dejando atrás el Atlántico y las casas colgadas de la ladera, mientras el aire se vuelve más fresco. Las terrazas agrícolas dan paso a bosques de laurisilva envueltos en niebla, entre curvas y túneles que anuncian la montaña.
Poco a poco, el verde intenso se atenúa y el paisaje revela su origen volcánico, más seco y mineral. Al llegar al Pico do Arieiro al que puedes subir directamente en coche hasta un aparcamiento muy cerca de la cima. Una vez arriba, se puede caminar una parte del sendero el entre crestas afiladas y nubes errantes. En la cumbre, el silencio y la amplitud lo dominan todo: un mirador natural donde los picos emergen sobre un mar de nubes. Una sensación de aislamiento y grandeza nos envuelve y que resume la esencia salvaje de Madeira.

Tras esta primera inmersión en la naturaleza, la ruta continúa hacia el norte. El descenso hasta Santana regala curvas panorámicas y un cambio de paisaje evidente: el verde se vuelve más intenso y el ambiente más húmedo. Santana es uno de esos lugares que conservan la esencia tradicional de Madeira. Sus famosas casas triangulares de techo de paja, cuidadosamente conservadas, ofrecen una imagen casi de postal y son una parada perfecta para pasear sin prisas y tomar algo en alguna terraza.

A pocos minutos del centro se encuentra el Parque Temático de Madeira, una visita ideal para comprender mejor la historia y la identidad de la isla. Entre jardines, espacios interactivos y pequeñas exposiciones, el parque propone un recorrido didáctico y relajado por las tradiciones, la arquitectura y la vida rural madeirense. Recomendamos mirar los horarios del parque previamente a la visita.

Con la tarde avanzando, llega el momento de regresar hacia Funchal para cerrar el día con uno de sus grandes placeres: la gastronomía. En las colinas de São Roque espera Abrigo do Pastor, un restaurante de ambiente rústico y acogedor que es el marco perfecto para disfrutar de una espetada tradicional, carne regional a la piedra o un buen vino de Madeira, poniendo el broche final a una jornada que superó todas las expectativas.

GASTRONOMÍA: COCINA DE MAR Y DE MONTAÑA

La gastronomía de Madeira es una de las grandes razones para enamorarse del archipiélago. Su cocina une tradición rural, productos del Atlántico y un clima fértil que aporta frutas y verduras de sabores intensos.

Esta dualidad se percibe en los pescados frescos del océano y en las recetas de interior con carnes y hierbas locales. El pez espada negro es el gran icono: suele servirse con mantequilla y alcaparras o acompañado de plátano frito, una combinación sorprendente y muy equilibrada. El atún fresco también es protagonista, preparado a la madeirense con ajo, sal y orégano antes de pasarlo por la plancha. Desde la tierra llega la espetada, brochetas de vacuno asadas a las brasas y ensartadas en ramas de laurel, con ajo, sal gruesa y un marcado aroma ahumado.

Entre los mas tradicionales destacan el bolo do caco, un pan suave y ligeramente dulce por la batata, servido caliente con mantequilla de ajo y perejil; el milho frito, dados de maíz crujientes por fuera y tiernos por dentro; y las sopas tradicionales, como la de tomate y cebolla con huevo escalfado o el contundente caldo de carne.

El clima subtropical favorece una abundancia de frutas exóticas —maracuyá, mango, guayaba, chirimoya y diversas variedades de plátano— que se disfrutan especialmente en el Mercado dos Lavradores de Funchal. En repostería sobresale el bolo de mel, pastel oscuro de miel de caña, frutos secos y especias, uno de los dulces más antiguos de la isla y notable por su larga conservación.

En las bebidas, la poncha —aguardiente de caña, miel y limón— es la más popular y social, típica de las tabernas, especialmente en Câmara de Lobos. Y, por supuesto, el vino de Madeira, uno de los grandes tesoros enológicos del Atlántico y considerado entre los cinco mejores del mundo, debe su prestigio a un proceso único y a su extraordinaria longevidad. La isla cuenta con numerosas bodegas que ofrecen estilos desde los secos y vibrantes hasta los dulces y profundos; entre ellas destacan Adegas, por su selección de uvas y técnicas tradicionales, y Blandy’s, conocida por sus recorridos guiados y degustaciones que permiten descubrir de cerca la elaboración y maduración de este vino fortificado tan especial.

Nuestros restaurantes sugeridos

Queremos recomendar algunos restaurantes en los que hemos disfrutado de la esencia de la isla, su cocina auténtica y productos de gran calidad.

En Funchal, Kampo by Chef Júlio Pereira, encontramos una de las mesas más creativas. El chef reinterpreta los productos locales dando lugar a una experiencia gastronómica cuidada y memorable. Debido a su aforo limitado y gran popularidad, es imprescindible reservar con antelación. Además de los menús degustación, señalamos la hamburguesa de picaña, los raviolis de rabo de buey y la bola de Berlin.

También en el centro histórico se encuentra Armazém do Sal, un restaurante sofisticado que combina cocina mediterránea y portuguesa con toques creativos. El local, con muros de piedra vista y vigas de madera, logra un equilibrio muy atractivo entre rusticidad y elegancia, reforzado por una excelente carta de vinos y, en ocasiones, música en vivo como guitarra o saxofón, es uno de los restaurantes más apreciados.

Basalto Restaurante, situado en Funchal junto al mar, es una opción ideal para quienes buscan pescado fresco y marisco en un entorno relajado con vistas al océano y espectaculares puestas de sol. Su carta incluye tapas para compartir, atún, pescado del mercado, arroces y postres como la crème brûlée. Nos encanta su bolo do caco y el tartar de atún.

El Restaurante Olivia, también en Funchal, propone una cocina contemporánea que fusiona ingredientes locales con técnicas internacionales. Ofrece platos generosos y alta calidad en un ambiente elegante y relajado.

En la zona del Lido, a pocos minutos en coche del centro de Funchal, se encuentra O Dragoeiro, un restaurante familiar fundado en 1990. Es muy apreciado por su ambiente acogedor, su exuberante jardín tropical y el emblemático árbol drago que le da nombre. Su cocina, de inspiración mediterránea y portuguesa, incluye especialidades como el filete de peixe-espada con banana, pulpo guisado, mariscos y carnes a la parrilla.

Para quienes quieran descubrir la gastronomía más tradicional fuera de la ciudad, As Vides, en Estreito de Câmara de Lobos (a unos 15 minutos de Funchal), es una parada imprescindible. Fundado en 1950, es un referente local y uno de los grandes templos de la espetada madeirense, brocheta de carne asada en ramas de laurel o vid. Se acompaña de bolo do caco, milho frito y patatas, con una excelente relación calidad-precio. Un clásico muy recomendable para probar la cocina regional auténtica y disfrutar a la vez de este pintoresco pueblo de pescadores.

Algo más alejado, en Camacha, a unos 25 minutos en coche desde Funchal, se encuentra Abrigo do Pastor. Este restaurante tradicional, ubicado en un antiguo refugio de pastores y cazadores, conserva un marcado carácter rústico y campesino. Su carta se centra en carnes a la brasa, guisos, espetadas, sopa de trigo, bacalao y postres regionales como requeijão con compota de calabaza. Destacan especialmente el cabrito, el conejo estofado y sus postres caseros, con raciones generosas y vino local. Muy recomendable.

Para terminar el día, en el casco antiguo de Funchal, el Bar Number Two es un lugar muy popular para tomar algo al atardecer o por la noche. Con ambiente animado y social, ofrece poncha madeirense bien preparada, cócteles, cervezas y snacks. Prueba la Nikita, un helado de piña y naranja con vino o cerveza, otra de las bebidas más emblemáticas de la isla que no te defraudará.

FESTIVALES Y EVENTOS

Madeira es un destino muy animado durante todo el año, con una agenda de eventos que enriquece y acompaña a quienes lo visitan. En el calendario completo de celebraciones que puede consultarse en www.visitmadeira.com podéis ver cual coincide con vuestra visita.

Tuvimos la suerte de asistir al Festival del Atlántico, un evento que une un impresionante espectáculo pirotécnico con la Arts Week, dedicada a las artes. Se trata de una competición de alcance mundial entre empresas de pirotecnia, que transforman la bahía de Funchal en un escenario único, donde los fuegos artificiales se sincronizan con la música creando un espectáculo inolvidable.

Visitar Madeira es descubrir una isla llena de contrastes, donde el verde intenso de la naturaleza, el océano siempre presente y la calidez de su gente invitan a quedarse un poco más. Nuestro viaje deja la sensación de haber descubierto un destino auténtico que sorprende en los pequeños detalles y que deja huella, convirtiéndose en uno de esos lugares a los que siempre apetece regresar.

Toda la info en www.visitmadeira.com