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Sofía, el lado más desconocido de Europa

Por Nuria Araguás y A.B.S. Fotos: Evasión Diez

Sofía ha sido durante mucho tiempo una gran desconocida, pero cada vez suena más entre quienes planean un viaje por los Balcanes. Y no es casualidad: con las aerolíneas low cost y un montón de vuelos directos desde varias ciudades europeas —incluidas unas cuantas españolas—, plantarse allí para una escapada de fin de semana o un puente, es tan fácil como tentador. Además, la ciudad engancha con su mezcla de historia —desde ruinas romanas hasta iglesias ortodoxas como la imponente Catedral de Alejandro Nevski—, sus parques tranquilos y un ambiente joven lleno de bares y cafeterías.

Con más de dos mil años de historia, cuyos orígenes se remontan al siglo VIII a.C., Sofía es un auténtico mosaico cultural. Pasear por la ciudad es ir saltando de una época a otra: desde grandes construcciones de la etapa comunista hasta edificios modernos, amplios bulevares con marcas internacionales y, a pocos pasos, mercados tradicionales donde probar sabores locales. Puede que no genere grandes expectativas al principio, pero termina sorprendiendo.

Además, es una ciudad muy accesible y agradable para caminar, aunque si el trayecto se alarga siempre existe la opción de usar el tranvía o desplazarse en patinete eléctrico, tal y como hicimos en varios tramos. Si no tienes pensado moverte por otras zonas del país, lo ideal es dedicarle al menos tres días, lo que también te permitirá hacer una excursión al impresionante Monasterio de Rila, uno de los lugares más emblemáticos de Bulgaria.

En cuanto al presupuesto, Sofía siempre ha sido un destino bastante económico, pero con la llegada del euro merece la pena mirar bien los precios, sobre todo en alojamiento, donde antes era habitual encontrar hoteles de alta gama a muy buen precio en pleno centro.

Nos alojamos en el Sofía Balkan Palace, uno de los hoteles más emblemáticos de la ciudad. Está muy bien situado, dentro del conjunto arquitectónico del Largo, lo que le aporta un gran valor histórico. Es un hotel de cinco estrellas que combina elegancia clásica con comodidades modernas, aunque, como decíamos, hoy en día es recomendable comprobar bien las tarifas antes de reservar.

Se sitúa en La Plaza de la Independencia, conocida como el Largo, uno de los espacios más emblemáticos del pasado socialista de Sofía. Construida a mediados del siglo XX, cuando el país formaba parte del bloque soviético, destaca por sus imponentes edificios de estilo neoclásico estalinista, como la antigua sede del Partido Comunista, el Consejo de ministros o la Presidencia, que rodean una plaza amplia y solemne.

Tras la transición democrática de 1989 se retiraron los símbolos comunistas: la estrella roja fue sustituida por la bandera búlgara (y hoy se conserva en el Museo de Arte Socialista) y la estatua de Lenin dio paso a una escultura de Santa Sofía.

Pero más allá de su apariencia monumental, el Largo esconde otro gran atractivo: bajo la plaza se conservan los restos de la antigua ciudad romana de Serdica, visibles hoy a través de una zona arqueológica integrada en el entorno. Un paseo por aquí es, en realidad, un viaje por las distintas capas históricas de la ciudad.

Pero el gran símbolo de Sofía es la Catedral de Alejandro Nevski, que domina el horizonte y es, sin discusión, uno de esos lugares que se quedan grabados en la memoria mucho después de haber terminado el viaje. 

Construida desde 1882 gracias a donaciones populares, se levantó como centro religioso y como homenaje a los caídos en la Guerra ruso-turca (1877-1878). Diseñada por arquitectos rusos en estilo neobizantino, está dedicada a Alejandro Nevski, defensor del cristianismo ortodoxo, y en su interior, solemne y tenuemente iluminado, se conservan reliquias atribuidas al santo.

Pero más allá de los datos históricos, lo que realmente impacta es la experiencia de estar allí. Cruzar sus puertas y sentir cómo el bullicio de la ciudad desaparece de golpe. El silencio, apenas roto por el murmullo de algunos visitantes y el suave eco de pasos sobre el suelo de mármol, crea una atmósfera casi hipnótica. La luz filtrándose por las cúpulas, los iconos dorados y el aroma a incienso hacen que el tiempo parezca detenerse por unos minutos. Es uno de esos momentos en los que entiendes que viajar no es solo ver lugares, sino sentirlos.

El enorme espacio que la rodea, una explanada abierta que realza aún más su grandeza. Al llegar, lo primero que sorprende no es solo el tamaño del templo, sino la sensación de amplitud que lo envuelve. Este espacio invita a detenerse, observar y simplemente dejar pasar el tiempo contemplando uno de los rincones más icónicos de Sofía.

En los alrededores, además, suele instalarse un encantador mercado artesanal donde es fácil perderse entre puestos de antigüedades, iconos religiosos, bordados tradicionales y pequeños recuerdos locales. No es el típico mercado turístico sin alma; aquí todavía se percibe cierto aire auténtico, y siempre hay alguna pieza curiosa que cuenta una historia del pasado búlgaro. Nos llevamos de recuerdo unos pañitos bordados que varias mujeres tejían in situ. También hay algunos puestos en los que se puede adquirir souvenirs y antigüedades de la época comunista.

A pocos pasos se encuentra el Monumento al Soldado Desconocido, con su llama eterna en honor a los caídos, cuyo carácter sobrio contrasta con la riqueza de la catedral.

Aconsejamos acercarse al atardecer, casi cuando cae la noche, en el que el lugar adquiere una personalidad completamente distinta. La iluminación cuidadosamente colocada baña la catedral con tonos cálidos que resaltan sus detalles arquitectónicos y hacen que el dorado de sus cúpulas brille con aún más intensidad. Es, sin duda, uno de los mejores momentos para disfrutar de este lugar sin prisas. 

También La Iglesia de Santa Sofía, ubicada muy cerca de la Catedral de Alejandro Nevski, es uno de los templos más antiguos de la ciudad y le da nombre a la capital. Construida en el siglo VI durante el Imperio bizantino, destaca por su arquitectura sencilla de ladrillo rojo, en contraste con la grandiosidad de la catedral.

A lo largo de su historia ha sido iglesia, mezquita y almacén, recuperando su función religiosa en el siglo XX. Su interior es sobrio e íntimo, y bajo el edificio se encuentra un complejo arqueológico con tumbas y restos históricos visitables.

El contraste entre ambos templos la hace especialmente interesante: mientras uno representa la grandeza, Santa Sofía transmite calma y autenticidad. Visitar las dos permite entender mejor la historia y esencia de la ciudad.

A poca distancia se halla La Iglesia rusa, construida a comienzos del siglo XX sobre los restos de una antigua mezquita, tras la liberación del país del dominio otomano, y está dedicada a San Nicolás. Destaca por sus cúpulas doradas y su estilo arquitectónico ortodoxo. Es un lugar muy bonito, no solo por lo pintoresco que es el templo y los jardines que lo rodean sino por los murales de su interior. Estos frescos llenos de color crean una atmósfera especial. Además, la entrada es gratuita, lo que permite a cualquier visitante disfrutar de su belleza y tranquilidad. En este lugar tan íntimo, presenciamos los inicios de una boda.

El Teatro Nacional Ivan Vazov, situado en el corazón de Sofía, es el principal teatro del país y uno de sus grandes símbolos culturales, dedicado al poeta, escritor y dramaturgo Ivan Vazov. Fundado en 1904 y abierto al público en 1907, es un destacado ejemplo de arquitectura neoclásica europea. Su elegante fachada, coronada por la figura de Apolo y las musas, entre numerosos chorros de agua se ha convertido en un auténtico emblema. 

El teatro se encuentra en la plaza del Jardín de la Ciudad, un espacio verde donde se mezclan paseantes, artistas y locales que disfrutan del ambiente. Con sus caminos, bancos y fuentes, esta plaza crea un entorno ideal para relajarse y contemplar el bello edificio y la vida local.

En Sofía hay varios museos interesantes. Entre los más destacados están el Museo de Arte Socialista, el Museo Nacional de Historia Militar, el Museo Arqueológico Nacional, el Museo Histórico Regional de Sofía, el Museo Nacional de Historia y la Galería Nacional de Sofía, que reúnen desde arte y arqueología hasta historia militar y del periodo socialista.

La Catedral de Sveta Nedelya se encuentra a escasos pasos del Hotel Sofía Balkan Palace. Su arquitectura, marcada por una gran cúpula central y líneas sobrias, transmite elegancia y solidez. En el interior, los iconos y la decoración tradicional ortodoxa crean un ambiente sereno y lleno de espiritualidad. Reflejando su importancia ha sido reconstruida en varias ocasiones.

Además, la catedral está ligada a uno de los episodios más trágicos de la historia del país: un ataque terrorista que causó numerosas víctimas durante un funeral y marcó profundamente a la sociedad búlgara.

Al caer la noche, el templo adquiere un encanto especial gracias a su cuidada iluminación, que resalta su silueta y la convierte en una de las imágenes más atractivas del centro de la ciudad. Es un lugar perfecto para contemplar con calma y apreciar tanto su belleza como su historia. Merece la pena entrar, ya que encontrarás relevantes murales de estilo bizantino. La entrada es gratuita.

Desde el hotel Sofía Balkan Palace tuvimos vistas a la iglesia de San Jorge, uno de los templos más antiguos de Sofía. Construida en el siglo IV sobre un antiguo santuario y convertida en mezquita en época otomana, hoy refleja la historia de la ciudad. Destacan sus frescos, especialmente el Cristo Pantocrátor, y su ubicación entre las ruinas romanas de Serdica. La entrada es también gratuita y su visita, imprescindible.

El yacimiento arqueológico de Serdica es uno de los principales atractivos históricos de Sofía. Su zona más destacada está junto a la estación de metro Serdika, donde se pueden ver restos romanos como calzadas, muros y mosaicos, tanto al aire libre como bajo estructuras acristaladas.

En este entorno también se encuentra la iglesia de Sveta Petka Samardzhiiska, un pequeño templo medieval semienterrado, construido sobre la antigua ciudad romana y vinculado a la historia y leyendas de Bulgaria.

A pocos metros destaca la mezquita Banya Bashi, del siglo XV y único templo musulmán activo de la ciudad, reconocible por su gran cúpula y su alminar. La entrada es gratuita, aunque requiere vestimenta adecuada.

La zona se completa con edificios modernos y las populares fuentes de agua mineral, muy frecuentadas por los locales; aunque se les atribuyen propiedades, el agua sale caliente y su sabor no resulta especialmente agradable.

La Sinagoga de Sofía, inaugurada en 1909, es una de las más grandes de Europa y destaca por su arquitectura neomudéjar, su gran cúpula y su elegante interior. Además, alberga un pequeño museo sobre la historia de la comunidad judía en Bulgaria.

Su ubicación es especialmente interesante, ya que se encuentra muy cerca de la mezquita Banya Bashi y de varias iglesias, formando una zona única donde conviven distintas religiones y culturas, reflejo de la diversidad de la ciudad.

Junto a la sinagoga está el Mercado Central, hoy transformado en un supermercado con algunos locales, mientras que para una experiencia más auténtica destaca el Zhenski Pazar o Mercado de Mujeres, un mercado tradicional lleno de ambiente y productos locales.

El Bulevar Vitosha

Pasear por el Bulevar Vitosha es una de las experiencias más agradables y animadas que se pueden disfrutar en Sofía. Esta amplia avenida peatonal de aproximadamente 1,2 kilómetros de longitud, atraviesa el corazón de la ciudad entre tiendas, cafeterías y restaurantes con terrazas siempre llenas de vida. Con la imponente montaña Vitosha al fondo, combina a la perfección el ambiente moderno con la esencia más tradicional de la capital búlgara.

A lo largo del paseo, abundan las tiendas de souvenirs donde es fácil dejarse llevar por los aromas y colores locales. Destacan especialmente los puestos de especias, con mezclas intensas y fragantes, así como los productos elaborados con rosa búlgara, como perfumes, aceites esenciales y cosméticos, famosos por su delicadeza y calidad.

  JAPÓN III: OSAKA, KIOTO Y NARA

También es un lugar ideal para descubrir la artesanía típica del país: cerámicas decoradas, bordados tradicionales, joyería hecha a mano y pequeños objetos de madera tallada que reflejan la identidad cultural búlgara. Un lugar donde cada rincón invita a detenerse y curiosear.

Entre cafés, terrazas y tiendas, no es solo una ruta comercial, sino una forma de conectar con la vida cotidiana de Sofía y llevarse un pedacito de su cultura.

Lo más especial de este paseo es su perspectiva: en uno de sus extremos la imponente silueta de la montaña Monte Vitosha, que aporta un telón de fondo natural espectacular. En el otro lado, cerrando la avenida, destaca la cúpula de la Catedral de Sveta Nedelya.

Ideal tanto de día como al atardecer, cuando las luces comienzan a encenderse y el ambiente se vuelve aún más especial.

Los alrededores de Sofía

Si tienes tres días para completar la lista de cosas que hacer en Sofía, nuestra recomendación es que al menos uno lo dediques a visitar algún lugar de los alrededores. 

Iglesia de Boyana

Situada a los pies del monte Vitosha, la Iglesia de Boyana es uno de los monumentos medievales más importantes de Bulgaria y un destacado ejemplo del arte europeo previo al Renacimiento.

El conjunto está formado por tres edificios construidos en distintas épocas: el núcleo original data del siglo X, una ampliación del siglo XIII (la parte más famosa) y una tercera sección añadida en el siglo XIX.

Su mayor valor se encuentra en los frescos del año 1259, considerados una de las obras maestras del arte medieval europeo. Estas pinturas destacan por su realismo, expresividad y un estilo sorprendentemente avanzado para su época, anticipando rasgos del Renacimiento mucho antes de su aparición en Europa occidental.

Los frescos representan escenas bíblicas, santos y donantes, y son especialmente valorados por la naturalidad de los rostros y la individualización de las figuras.

Por su extraordinaria conservación y su importancia artística, la Iglesia de Boyana fue declarada Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO en 1979.

Hoy es un sitio protegido que recibe visitantes en grupos pequeños para preservar sus delicados frescos.

Plovdiv

Visitar Plovdiv fue una de esas decisiones que terminan marcando el viaje. Desde Sofía la distancia entre ambas ciudades es de unos 150 kilómetros, y el trayecto dura aproximadamente entre 1 hora y media y 2 horas, dependiendo del tráfico. La ruta por la autopista Trakia es cómoda y bastante directa, así que el viaje se nos hizo corto, entre música, conversaciones y la emoción de no saber muy bien qué nos esperaba.

Al llegar, la ciudad nos recibió con una mezcla de historia y calma que enseguida nos atrapó. recorrimos el casco antiguo caminando por sus calles empedradas, rodeados de casas del Renacimiento búlgaro con fachadas coloridas y balcones de madera. Nos detuvimos en lugares como la Casa Hindliyan y la Casa Balabanov, donde descubrimos cómo era la vida siglos atrás.

Uno de los momentos más especiales fue cuando llegamos al Teatro romano de Plovdiv. Nos sentamos en las gradas a contemplar la ciudad desde allí. Después seguimos explorando su pasado con el Estadio romano de Plovdiv, integrado en pleno centro moderno, lo que nos sorprendió mucho.

Subimos a Nebet Tepe. Uno de los montes fundacionales de la ciudad. Desde arriba, las vistas eran espectaculares: toda la ciudad extendiéndose entre colinas. Cercano se encuentra Rahat Tepe una acogedora cervecería donde hacer un descanso. 

Más tarde cambiamos de ambiente en el barrio de Kapana. Allí encontramos una Plovdiv completamente distinta: calles llenas de arte urbano, tiendas originales y cafeterías con mucho encanto. 

También visitamos el Museo Etnográfico Regional de Plovdiv, que nos ayudó a entender mejor la cultura del país, y paseamos por ulitsa Knyaz Alexander I, una calle llena de ambiente donde se mezcla lo local con lo moderno.

Cuando regresamos a Sofía, el camino de vuelta se nos hizo más largo, mucho tráfico en hora punta.

Monasterio de Rila

El Monasterio de Rila es el monasterio más importante de Bulgaria y un símbolo clave de su historia y cultura. Está situado en las montañas de Rila y fue fundado en el siglo X por el ermitaño y santo San Juan de Rila (Ivan Rilski), considerado el protector espiritual del país.

San Juan de Rila vivió como ermitaño en la montaña, dedicado a la oración y la vida ascética, y su ejemplo atrajo a discípulos que formaron la primera comunidad monástica del lugar, origen del monasterio.

El complejo actual fue reconstruido en el siglo XIX tras un incendio y destaca por su arquitectura del Renacimiento Nacional Búlgaro, con un gran patio, frescos religiosos y la histórica torre de Hrelio. En su interior se conservan manuscritos, iconos y objetos religiosos de gran valor.

Es Patrimonio de la Humanidad por la UNESCO y sigue siendo tanto un centro religioso activo como uno de los destinos culturales y turísticos más visitados de Bulgaria.

Sorpresas de Sofía

Hablar del yogur búlgaro en Sofía es adentrarse en una de las tradiciones más queridas del país. No es un yogur cualquiera: su sabor es más intenso, ligeramente ácido, y su textura cremosa lo convierte en algo muy distinto a lo que solemos encontrar fuera de Bulgaria.

Gran parte de su singularidad se debe a la bacteria Lactobacillus bulgaricus, responsable de su fermentación y de ese carácter tan especial. De hecho, muchos habitantes de Sofía mantienen viva la tradición de hacerlo en casa: compran su preciado fermento de Lactobacillus bulgaricus y elaboran su propio yogur de manera artesanal, como se ha hecho durante generaciones.

La banitsa es un pastel salado tradicional de Sofía, hecho con masa filo y relleno de queso y huevo. Es crujiente por fuera, suave por dentro y muy común en el desayuno. Además, tiene un valor cultural importante, especialmente en celebraciones donde simboliza tradición y buena suerte.

La boza en Sofía es una bebida fermentada tradicional, espesa y de color marrón, elaborada con trigo, mijo o cebada, agua y azúcar. Su sabor es característico agridulce, contiene un bajo nivel de alcohol (alrededor del 1%) y es común consumirla también para desayunar, especialmente acompañada de banitsa. Se sirve fría y es típica de la región de los Balcanes. Presenta una consistencia cremosa y densa, con un sabor que combina notas dulces con matices ligeramente ácidos y terrosos.

En Sofía, las rosas no son solo un elemento decorativo, sino un símbolo profundamente ligado a la identidad del país.

La rosa búlgara, especialmente la variedad Rosa damascena, es famosa en todo el mundo por su aroma intenso y sus propiedades. A partir de estas flores se elabora uno de los productos más valiosos del país: el aceite esencial de rosa, muy utilizado en perfumería de alta gama por su pureza y calidad. De hecho, Bulgaria es uno de los principales productores mundiales de este aceite.

Pero no todo es perfume. En Sofía es fácil encontrar otros productos derivados de la rosa, como agua de rosas, cosméticos naturales, jabones, cremas e incluso alimentos. Entre ellos destacan las mermeladas y dulces de pétalos de rosa, con un sabor delicado y floral que sorprende a muchos visitantes.

Las rosas, en definitiva, representan una conexión entre la naturaleza, la tradición y la economía local. Llevarse algún producto elaborado con ellas no es solo un recuerdo, sino una pequeña muestra de una de las riquezas más características de Bulgaria.

La rakia (o rakija) es licor tradicional muy popular. Se trata de un aguardiente de frutas obtenido mediante la destilación de frutas fermentadas. Las más comunes son la ciruela, la uva, el albaricoque o la pera, aunque puede hacerse con casi cualquier fruta. Su graduación alcohólica suele ser alta. Para brindar como un local, di: ¡Nazdrave!

La rakia suele servirse como aperitivo, acompañada de ensaladas como la shopska o de platos fríos. También tiene un fuerte componente social y cultural: es habitual en celebraciones familiares, reuniones y festividades formando parte de la hospitalidad balcánica.

En algunas regiones, se le atribuyen incluso propiedades “medicinales” populares, aunque esto forma parte de la tradición más que de la medicina formal.

Dónde comer en Sofía

La escena gastronómica de Sofía combina tradición y modernidad, con propuestas que van desde la cocina búlgara más auténtica hasta opciones internacionales muy cuidadas. Durante nuestro viaje fuimos probando distintos sitios y, entre todos ellos, seleccionamos estos restaurantes que nos dejaron mejor sabor de boca, ya sea por la calidad de la comida, el ambiente o la relación calidad-precio. Aquí van nuestras recomendaciones para disfrutar de Sofía también a través del paladar.

En el centro de Sofía, el Restaurante Manastirska Magernitsa ofrece mucho más que una comida: es una auténtica inmersión en la tradición búlgara. Situado en una casa centenaria, el restaurante recrea el ambiente de un hogar rural o monasterio, con decoración rústica, salas acogedoras y un encantador patio interior.

Su cocina se basa en recetas tradicionales, con platos abundantes como estofados, carnes a la parrilla y clásicos como la ensalada shopska, acompañados de vinos locales. Pero la experiencia no está completa sin seguir algunas costumbres locales: merece la pena pedir el pan casero recién hecho y degustarlo mojado en especias, un gesto sencillo pero muy representativo. Y, para quienes buscan una experiencia más auténtica, nada como acompañar la ensalada con un vaso de rakia, tal como hacen los locales.

El ambiente, cálido y animado, se enriquece en ocasiones con música folclórica en vivo. Aunque es un lugar popular y algo turístico, con precios algo más elevados, sigue siendo una parada ideal para descubrir la esencia cultural y gastronómica de Bulgaria.

Si paseas por el bullicioso bulevar principal de Sofía, una parada muy recomendable es Shtastlivetsa Vitoshka, uno de los restaurantes más queridos tanto por locales como por viajeros. El local destaca por su decoración elegante con toques vintage, inspirada en los años 30, que crea un ambiente acogedor y con personalidad. La terraza, siempre animada, es ideal para observar el ritmo de la ciudad mientras comes.

En cuanto a la comida, ofrece una versión moderna de la cocina búlgara junto a platos internacionales, con una presentación cuidada y una carta muy variada. Es una excelente opción para quienes quieren probar sabores locales en un entorno más contemporáneo.

Además, es especialmente cómodo para familias, ya que cuenta con una sala que funciona como guardería para niños, algo poco habitual y muy práctico. Aunque los precios son algo más elevados, la experiencia, el ambiente y la calidad lo convierten en una apuesta segura.

Para algo más internacional el Spaghetti Kitchen es una opción moderna y cosmopolita que contrasta con la cocina tradicional búlgara. Con un diseño contemporáneo y elegante, destaca por su ambiente sofisticado y juvenil, con espacios amplios y una cocina visible que aporta dinamismo.

Su carta combina clásicos italianos como pasta y pizza con propuestas internacionales, incluyendo carnes a la parrilla y platos de inspiración global.

Frecuentado por locales y viajeros, ofrece un ambiente animado ideal tanto para cenas informales como ocasiones especiales, con buena ubicación y estilo urbano. 

Un atractivo lugar de comida italiana, postres, cocteles y buena música.

Para concluir este viaje, decir que Sofía es una de esas ciudades que se disfrutan paso a paso: auténtica, cercana y llena de matices. Un destino perfecto para descubrir otra cara de Europa, donde lo sencillo acaba siendo lo más memorable.