Fecha: 23 de febrero de 2026 – Actualizado: 23 de febrero de 2026
Desde la Capadocia hasta los desiertos de Australia, realizamos un viaje a las profundidades para descubrir cómo, y por qué, muchas ciudades construyeron su vida en las profundidades.
Fotos: Wikipedia. Textos: Evasión
El subsuelo y los posibles tesoros que esconde han llamado la atención de muchas civilizaciones a lo largo de los siglos. Desde los sumerios (que desarrollaron complejas tumbas funerarias subterráneas en las que enterraban a la realeza mesopotámica junto a tesoros), hasta los romanos (uno de los ejemplos más sorprendentes), a lo largo de todo el mundo las diferentes culturas se han fijado en el suelo como solución.
Esta fascinación por el subsuelo también se puede encontrar en la ficción y en las historias que se transmiten de generación en generación. Desde los mitos griegos del Hades hasta la literatura de Julio Verne, el subsuelo siempre ha representado un misterio insondable.
En este reportaje hacemos un repaso por algunas de las ciudades bajo tierra más sorprendentes, recordando su historia, usos y descubrimiento.
Derinkuyu
La lista tenía que comenzar en la región de Capadocia, Turquía. Y es que, si existeun lugar que define el concepto de ciudad subterránea, tal y como nos lo imaginamos actualmente, ese es Derinkuyu.
Datar esta maravilla arquitectónica es una tarea compleja, pero se cree que las primeras excavaciones podrían datar la época de los frigios o los hititas (alrededor del 1200 a.C.). No obstante, fueron los cristianos primitivos quienes extendieron la ciudad para esconderse de las persecuciones romanas y, posteriormente, de las incursiones árabes.
Se trata de una compleja red que, según los arqueólogos, podría llegar a tener 18 niveles (aunque solo 8 son niveles accesibles actualmente) a 85 metros de profundidad. También se cree que esta estructura podía albergar a 20.000 personas junto con su ganado y provisiones, en su momento de máxima expansión.
Por su parte, el descubrimiento moderno de Derinkuyu es digno de mención. En 1963, según cuenta la leyenda, un hombre que vivía en una de las casas cueva de la zona se sorprendió porque no dejaba de perder gallinas a través de una pequeña grieta que se había formado tras una reforma. Al investigar hacia dónde iban los animales, descubrió un pasadizo que, a su vez, conducía a otro, que desembocaba en una ciudad subterránea: Derinkuyu.
Derinkuyu una obra maestra de la arquitectura
Lo que hace a Derinkuyu una obra maestra de la arquitectura es su sistema de soporte vital. La ciudad cuenta con más de 15.000 conductos de ventilación que aseguran aire fresco incluso en los niveles más profundos.
La seguridad era la prioridad: cada piso podía cerrarse independientemente mediante enormes puertas de piedra circulares, similares a ruedas de molino, que solo podían abrirse desde el interior.
Dentro, la vida continuaba: se han encontrado prensas de vino, establos, bodegas, comedores e incluso una escuela misionera y una iglesia cruciforme en el nivel más bajo.
Según la UNESCO, que incluyó la zona en su lista de Patrimonio de la Humanidad en 1985, este complejo es solo uno de los más de 200 asentamientos subterráneos interconectados en la región.

Coober Pedy
A miles de kilómetros de Turquía, en el interior de Australia, la necesidad no fue la guerra, sino el clima extremo. Coober Pedy, situada en Australia Meridional, es conocida mundialmente como la «capital del ópalo» (un mineral parecido al cuarzo), pero su verdadera curiosidad, y por lo que se encuentra en este reportaje, reside en que más de la mitad de sus habitantes viven bajo tierra.
En la superficie, el paisaje es un desierto lunar de montículos de tierra roja y maquinaria oxidada, donde las temperaturas en verano superan con frecuencia los 50 grados centígrados.
Para sobrevivir a este calor abrasador, los mineros que llegaron tras el descubrimiento del ópalo en 1915 adoptaron el estilo de vida de los «dugouts» (excavaciones).
Casas de Coober Pedy
Estas viviendas subterráneas mantienen una temperatura constante de 23 grados durante todo el año, sin necesidad de aire acondicionado, lo que supone un ahorro energético masivo y una solución sostenible inadvertida.
Lejos de ser agujeros oscuros como los mencionados con Derinkuyu, las casas modernas de Coober Pedy cuentan con todas las comodidades: internet, cocinas modernas y techos altos.
La ciudad también posee iglesias subterráneas, como la Iglesia Ortodoxa Serbia, librerías e incluso hoteles para turistas que buscan la experiencia de dormir en el silencio absoluto de la tierra.
Este modelo de urbanismo troglodita contemporáneo demuestra cómo la adaptación al entorno puede generar comunidades prósperas en los lugares más hostiles del planeta.

Dixia Cheng y Túneles de Cuchí: el legado bélico
El siglo XX, marcado por la amenaza nuclear y los conflictos bélicos, generó una nueva oleada de construcciones subterráneas, muchas de las cuales permanecieron en secreto durante décadas. Un ejemplo de ello lo encontramos en Beijing, China, lugar en el que yace Dixia Cheng, conocida como la «Gran Muralla Subterránea».
Construida en los años 70 por orden de Mao Zedong ante el temor de un ataque soviético, esta red de túneles abarca, según se informa, más de 85 kilómetros cuadrados. Diseñada para albergar a cientos de miles de personas durante meses, Dixia Cheng contaba con escuelas, hospitales, fábricas y graneros. Desde 2008, el acceso turístico oficial a Dixia Cheng se cerró por renovaciones y seguridad.
Algo parecido encontramos en los Túneles de Cuchí en Vietnam. Esta inmensa red permitió al Viet Cong controlar una amplia zona rural cerca de Saigón, sirviendo como rutas de comunicación, escondites, hospitales y arsenales vivientes bajo los pies del ejército estadounidense.
En Europa, la historia oculta de la Segunda Guerra Mundial se respira en los búnkeres de Berlín y en las Cabinet War Rooms de Londres, desde donde Winston Churchill dirigió el curso de la guerra mientras la Luftwaffe bombardeaba la superficie. Estos espacios, hoy museos, conservan la atmósfera opresiva y la tensión de los momentos que definieron la historia contemporánea.

Nápoles y Roma: ciudades construidas sobre sí mismas
Existen ciudades que, literalmente, se han construido sobre sí mismas, dejando la versión anterior intacta bajo el asfalto. Nápoles, Italia, es un ejemplo fascinante de estratificación histórica.
A 40 metros bajo el bullicioso centro histórico se encuentra la Napoli Sotterranea. Este laberinto comenzó como canteras griegas para extraer toba volcánica en el siglo IV a.C., luego se convirtieron en acueductos romanos y, finalmente, sirvieron como refugios antiaéreos para la población durante los bombardeos de la Segunda Guerra Mundial.
En el caso de Roma, más que una ciudad diseñada para estar bajo tierra, nos encontramos ante un fenómeno de superposición histórica. El subsuelo de la capital italiana es un inmenso queso gruyer que esconde más de 900 kilómetros de galerías, siendo las catacumbas su cara más visible; laberintos de toba volcánica donde los primeros cristianos enterraban a sus muertos y practicaban sus ritos lejos de la superficie.
Sin embargo, la verdadera magnitud de la Roma oculta se aprecia en lugares como la Basílica de San Clemente, un edificio que funciona como una máquina del tiempo: al descender por sus niveles, el visitante atraviesa una iglesia medieval para descubrir debajo una basílica paleocristiana del siglo IV y, aún más profundo, un templo pagano o mitreo y una ceca romana del siglo I perfectamente conservados.
Esta ciudad no es solo religiosa; infraestructuras colosales como la Cloaca Máxima, el «Gran Desagüe» construido hace 2.500 años, siguen serpenteando bajo el asfalto moderno, drenando el agua hacia el Tíber tal como lo hacían en tiempos de los césares.

Seattle, Montreal y Toronto: el subsuelo moderno
Seattle ofrece una versión más reciente de este fenómeno. Tras el Gran Incendio de 1889, la ciudad decidió reconstruirse, no solo con materiales más resistentes (ladrillo y piedra en lugar de madera), sino también elevando el nivel de la calle un piso entero para evitar las frecuentes inundaciones de la marea.
Como resultado, la planta baja original de la ciudad quedó sepultada, convirtiéndose en sótanos oscuros. Durante años, el Seattle Underground fue un lugar de negocios ilícitos, fumaderos de opio y bares clandestinos durante la Ley Seca. Hoy, es una atracción turística que revela la faceta más áspera y real de la expansión del oeste americano.

RÉSO de Montreal
Mientras las ciudades antiguas buscaban protección militar, las metrópolis modernas del hemisferio norte han colonizado el subsuelo para combatir el invierno.
El ejemplo más sofisticado es el RÉSO de Montreal, también conocido como La Ville Souterraine. No se trata de un búnker, sino de una red peatonal subterránea de 32 kilómetros, la más grande del mundo en su tipo.
Concebida en 1962 con la construcción del complejo Place Ville Marie, el RÉSO conecta estaciones de metro, torres de oficinas, hoteles, universidades y centros comerciales.
En una ciudad donde el invierno puede traer temperaturas de -30 grados centígrados, medio millón de personas utilizan esta red diariamente para moverse, trabajar y comprar sin necesidad de salir a la superficie.
A diferencia de los túneles claustrofóbicos, el diseño de Montreal prioriza la amplitud, la iluminación artificial de calidad y, donde es posible, tragaluces que permiten la entrada de luz natural.

PATH en Toronto
Un enfoque similar se encuentra en Toronto con su sistema PATH, que ostenta el récord Guinness como el complejo de compras subterráneo más grande, con 30 kilómetros de túneles que conectan más de 50 edificios y rascacielos financieros.
En definitiva, desde las cámaras funerarias de los faraones hasta los centros comerciales bajo tierra, nuestra relación con el mundo subterráneo es compleja. Es un lugar de miedo y refugio, de oscuridad y de recursos.
Al visitar estos lugares, el viajero no solo desciende en metros, sino en tiempo y en comprensión de la naturaleza humana. En un mundo cada vez más saturado en su superficie, las profundidades del planeta permanecen como la última frontera urbana, recordándonos que, a veces, para avanzar, es necesario profundizar.






































